domingo, 17 de mayo de 2009

El sistema mundial moderno como civilización

Adriana Mondragón López


Civilización es un término con dos acepciones. Como primer acepción refiere a un término con connotaciones positivas, donde la lógica gramatical supone una expresión singular que denota procesos y sus respectivos resultados que han hecho de los seres humanos más “civiles”.

Sin embargo, existe una segunda acepción, que por su uso plural hace referencia a una concatenación particular de cosmovisión, costumbres, estructuras y cultura, formando un conglomerado histórico que coexiste con otras variantes de este fenómeno.

En su primera acepción el concepto de civilización es un producto histórico, el cual fue desarrollado de manera gradual, que destinaba un futuro espléndido, una idea optimista al margen de la teología. El concepto reflejaba un triunfo intelectual de la ciencia racional y experimental.

En este sentido la Revolución Francesa siguió a este triunfo, legitimando la idea de la construcción y reconstrucción deliberada, manipulada por un orden social.

En la segunda acepción de la palabra civilización, se entiende como una particularidad y no como universalidad.

La ambigüedad de civilización/civilizaciones plantea un problema de carácter estructural. En un sistema social histórico fundamentado en la jerarquía y desigualdad, como es el caso de la economía capitalista mundial, el universalismo sólo puede convertirse en ideología.

Es importante hacer mención que la economía capitalista como sistema histórico atraviesa por una severa crisis histórica. Una crisis histórica es un fenómeno de crucial importancia. Implica el final de un sistema histórico y el inicio de uno o más sucesores. El origen de la crisis se encuentra en la acumulación de contradicciones internas, hasta llegar al punto que resulte imposible reproducirse como ese tipo de sistema.

Por tanto, “civilización” en singular es el concepto ideológico de los defensores del nuevo sistema histórico global, en donde la economía capitalista mundial representa el progreso porque era “civilizadora”, mientras que el concepto de “civilizaciones”, surge como defensa a los estragos que deja la civilización en singular. Se trataba de un rechazo a la hipótesis que sostenía que el capitalismo en su forma concreta existente era moral o políticamente mejor que sistemas históricos alternativos.

A manera de conclusión, el autor plantea la importancia de minorizar la distinción entre civilización y civilizaciones y de esa manera hacer reconsiderar que la desigualdad no sólo perjudica a los oprimidos, también a sus beneficiarios inmediatos. Por eso es necesario un consenso, que nos permita construir y adentrarnos a un nuevo futuro y a la vez incierto, en donde se fomente o elimine la desigualdad.

Bibliografía:

Wallerstein, Immanuel.
Geopolítica y Geocultura: Ensayos sobre el moderno sistema mundial. Editorial Kairos. Primera edición. España, 2007. P.p. 336

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